El zoo inquietante de Alexander Morales

Cada generación debe vivir su romance particular con determinados estilos de su tiempo, asi como con doctrinas, modas y costumbres. Sin embargo en el arte, en nuestro mundo globalizado, el lenguaje universal que proporciona la tecnología deriva en una constante apropiación de información que curiosamente se inclina, desde mediados del siglo pasado, por un continuo remake (rehacer). El arte actual se alimenta con mayor cantidad del pasado del propio arte, que nunca antes.

Así, muchos viven enamorados del performance, buscando en él novedosas y fuertes de emociones, y resulta que ya las sabía ofrecer Alfred Jarry en 1896, en espectáculos plásticos que representaban las absurdas payasadas de Ubú Rey. De la misma manera en la actualidad emocionan las instalaciones, que constituyen otra manera de solventar carencias del momento con construcciones objetuales que provienen de aportaciones ocurridas tan temprano como la primera mitad del siglo XX. Tampoco la ambigüedad -un gran recurso artistico de hoy día-, puede desligarse de Duchamp, que en 1913 proponía la definicion de un tipo de mensaje, sugerente y abierto a múltiples interpretaciones.

Toda esta reflexión surgió contemplando la más reciente exposición del pintor cubano Alexander Morales (Cuba, 1975), titulada Bestial: Pinturas y Trabajos en papel, más que una muestra una minirretrospectiva que abarca dos décadas, presentada por Farside Gallery, un proyecto alternativo que patrocinan los conocidos coleccionistas Lisa y Arturo Mosquera.

A través de las piezas de Morales, enseguida se traza una línea de tiempo desde el informalismo que en los años 1960 converge con el monstrismo, esa tendencia que en Cuba tuvo su máximo exponent en Antonia Eiriz. A partir de aquel periodo, y de Bacon, Cuevas, Baselitz, Saura, Cy Twombly, ect.es que se puede dar un salto comprencible hasta este dibujo absolutamente desenfadado y neoexpresionista que propone Morales en la serie Estudios en rojo (2001-2002), en los que el garabato recupera su vitalidad y la gestualidad se hace simbólica, serie que marcha pareja con los Estudios para la cabra en la que el trazo demente alcanza lo caricaturesco.

En tales dibujos existe una violencia caligráfica tachista, manejada con total soltura y control, que nunca se aleja del propósito de fabricar atmósferas y ridículos emblemas, lo que se hace patente por igual en su cerie ABC (2009). En ninguno de estos repertorios Morales se desprende de la figuración, lo que está claro para quien reinterpreta sabiamente el precepto de Kooning, de no dejarse arrastrar unicamente por lo sígnico, matérico o textural. Morales comprende la importancia que tuvo para el barroco sublimar lo místico mediante torturantes representaciones expresionistas, pero en el pesa más la parodia ilógica que la grave autenticidad.

En la introducción del catálogo, el crítico Ricardo Pau-Llosa, curador de la exhibición, señala: “Morales nos ofrece perros que como sus toros hacen evidente las cualidades poéticas de lo absurdo”, y se diría que también las cualidades poéticas del colorido -un hacer a lo Sam Francis. La dualidad humano-animal a la que también se refiere Pau-Llosa, como todo en la obra de Morales parte de experiencias personales que traduce en análisis humorístico, lo que lo saca del terreno de lo patético y lo mantiene apegado a lo grotesco; a pesar de que él califique sus payasos de patéticos. Los juveniles cuadros de la serie Vedettes como La Diva (1993) y El ángel de la escena (1994), son alegorías irónicas de su patria, en las que las personas cada vez más se forman en la dualidad, en el doble estándar, impostando la simulación y una risible teatralidad que recupera el saiete costumbrista. En esa escena anfibólogica sin aparente mensaje, son posibles lo mismo una Bicipuerca que un Bicitiburón, fuera del subrrealismo eso solo es possible, allí donde Morales creció y convivió con minivacas, camellos de ocho ruedas y el modelo palangana de antena parabólica artesanal.

Sus toros o Bull Terrier (2009) no agreden la vista, ni su Eros se plantea golpear al espectador como ocurría con las figuras de su compatriota Tomas Esson, se trata de un zoo inquietante pero amable. En cuadros como Zona de confort (2013) regresa a sus comienzos en los años 1990, amplificando la figura, desapareciendo el teatro y llevando el entorno a la mínima expresión. Se ha completado un ciclo pictórico y una mutación del animal en función numinosa.

Aldo Menendez, pintor, crítico de arte y curador
Review of exh. El nuevo Herald, Artes & letras. Miami, USA. 2014