Alexander Morales, una poética de sacrificio

Me parecía necesario, antes de comenzar a escribir este texto sobre la obra de Alexander Morales, encontrar una palabra a través de la cual pudiese trazar ciertas relaciones que creo relevantes en la propuesta visual de este joven artista. Solo en medio de ese proceso previo, preparatorio de la escritura, pude percibir que me encontraba ante el mismo conflicto que, casi de forma obsesiva, acusa la obra de Morales: ¿cómo hacer algo?; lo cual pudiera traducirse en ¿cómo hacer entrar al mundo –y con él a las cosas– en otro orden, lingüístico o pictórico? Este primer cuestionamiento sobre el modo o la modalidad, que puede hasta resultar risible por su simpleza, constituye el punto de partida de todo acto creativo. Y quizás por constituir un momento genésico, una suerte de nacimiento, de entrada a otra calidad de la experiencia, no es usual que la mirada de los creadores regrese sobre ese punto, sobre esa abertura o umbral que constituye el lenguaje (visual, escrito, sonoro…), y que este sea asumido más bien como una zona de despegue, como un firmamento que hace posible otras rutas, otros senderos.

Creo que la obra de Alexander Morales revisita una y otra vez su intrínseca posibilidad de ser; que se transparenta en ella una acuciosa necesidad de establecer una reflexión sostenida sobre ese momento de génesis y los medios que le hacen posible atrapar el mundo bajo la forma de “un” arte. Y creo que esa voluntad puede entenderse como una poética del sacrificio en tanto implica, por una parte, la cancelación de un sendero más diáfano para la significación y por lo tanto para la lectura; y por otra la imposición de un tipo de factura visual en la que son muy inciertas las gratificaciones. Desde esta perspectiva podría estar visualizando su obra como un tipo de formalismo estético; soy consciente de esa atribución pero debo señalar que lo hago añadiendo que ese formalismo debe ser entendido desde su más amplia dimensión, digamos esa que llega a alcanzar en algún momento el arte conceptual.

El sacrificio está presente como núcleo mítico en la obra de Morales desde sus primeras experiencias creativas. En aquel momento, sin embargo, este motivo se anunciaba ya como centro generador de profundas disonancias. Recuerdo, por ejemplo, que el sacrificio animal que acontecía en cierta acción plástica de este artista cuando aún era estudiante del Instituto Superior de Arte (ISA) llegó a convertirse casi en una parábola recurrente acerca de la aspereza entre los códigos utilizados en la “ejecución” (tanto de la obra misma como del animal) y los códigos “competentes” de ciertas lecturas. Visto desde la distancia, y aún cuando la obra de Alexander Morales ha avanzado intensamente por numerosos senderos creativos otros, creo que todavía persiste en la tematización de ese roce displicente y tozudo entre lo que acontece en su obra y lo que el público (léase el arte cubano contemporáneo, su generación, el mercado y un largo etcétera) espera de ella. Precisamente en ese gesto de teórica persistencia, que de forma paradójica no se resiste al cambio, es dónde localizo lo que he llamado una poética del sacrificio, ruta que puede ser transitada perfectamente a partir del amplio horizonte semántico que el término nos sugiere.

Entre las múltiples acepciones que el diccionario recoge para la palabra sacrificio están la de “ofrenda divina”; “acto de abnegación o renuncia voluntaria”; “acción o tarea desagradable a la que debe someterse una persona”; “operación quirúrgica muy peligrosa”. Más allá de su amplitud semántica, me interesa destacar dentro de ese espectro el diálogo casi contradictorio entre un sentido del sacrificio como “ofrecimiento” y otro de “abandono” o “dejación”, relación mediada además por el peligro o el dolor, sea este físico o espiritual (o la combinación de ambos que recoge ese extraordinario relato bíblico que constituye el Libro de Job). Resalto este contrapunto pues creo que gran parte de la propuesta visual de Alexander Morales pasa por ese doble filtro que media el deseo ambiguo y polimorfo entre una experiencia artística personal y una tradición pictórica que impone con mayor o menor violencia los fantasmas de su historicidad y su localidad.

En ese sentido podría situarse su propuesta en la estela de algunos creadores de los ochenta, como José Bedia, por ejemplo, en los que se manifestaba permanentemente la tensión (¿histórica?, ¿estética?) entre figuración y abstracción. Morales marca de manera continua su deuda con una perspectiva cuyo centro se sitúa en la exploración de la profundidad de las texturas, tanto de aquellas que tienen que ver directamente con las superficies tangibles (material de soporte, color, etcétera) como con las que sustentan el discurso mismo en tanto propuesta lectiva. De ahí su vocación esencialmente metadiscursiva y autorreferencial, la cual determina algunas constantes en su quehacer artístico. Resalto de manera especial dos de ellas: la sostenida experimentación con soportes expresivos diversos, desde el tradicional lienzo, hasta la instalación, el vídeo o el performance; y la presentación de sujetos o entidades que devienen en arquetipos visuales como el animal (toros, chivos, cerdos, perros…), el payaso, el agua.    

Así, en su producción más reciente se juega de manera reiterada con un profundo aliento plástico de las morfologías. En esa dirección hace coincidir los contornos visuales que la realidad ofrece con los contornos de la propia pintura en tanto forma: extrañas y caprichosas combinaciones evolutivas y genéticas, entidades ajenas a la lógica geográfica, entre otras que obligan a repensar nuestra capacidad humana para jugar con los códigos genéticos o de la naturaleza para adaptarse a nuevas realidades, procesos que son homologados tangencialmente con la praxis artística. Es este el tipo de “representación” a la que nos enfrentamos en las series “ABC”, “Perros” o “El síndrome del pececito”.  En ellas la certeza “formal” de la figura representada sirve de planisferio sobre el acontece cierta incertidumbre visual que intenta tomar cuerpo (esto es, adquirir su individualidad, o su individuación bajo el contorno de una forma más compleja). Desde esta perspectiva muchos de sus lienzos pueden ser leídos perfectamente como ensayos de color, como una paleta que intenta distribuir sus opciones cromáticas en el entorno de caprichosas siluetas que segmentan la anatomía de un cuerpo específico.

Quizás estos flujos nos permitan entender, por ejemplo, por qué el dibujo se posiciona como eje y matriz de una gran parte de su obra. Creo que ello confirma la necesidad de regresar una y otra vez sobre los gestos primarios del artista, sobre aquellos momentos en los que se produce el distanciamiento, la fractura entre lo natural y el artificio. La seriedad que ese gesto comporta dentro del panorama del arte contemporáneo me hace regresar a la idea de lo que se ofrece como dádiva aún a expensas del propio escarnio. Alexander Morales practica así una suerte de nomadismo pictórico, de ascetismo visual en el que pone a prueba no solo su capacidad para dialogar con una idea de lo que la pintura es, sino nuestras aptitudes para regresar sobre la compleja posición de la experiencia humana. Desde ese observatorio de nuestros paisajes, los que recoge bajo su manto el mundo y los que se acumulan en el volumen difuso y efímero de nuestra piel, nos mira Alexander Morales, y espera nuestra llegada.

Ariel Camejo, Ensayista, editor y profesor universitario
Revista Ariel. Cienfuegos, Cuba. Año XII, No.2 Cuarta época, 2009