Alexander Morales

A estas alturas creo que no acabamos de comprender que hay una diferencia enorme entre el hecho de enseñar un determinado género o tendencia pictórica, imbuidos en los dictados de la expectativa o la inquietud temática aparentemente trascendente y la ejercitación inducida por medio de las disposiciones particulares de la sensibilidad y la obsesión artística.

Cómo olvidar que ninguna aproximación a los órdenes particulares de la creación puede eludir, o sortear abruptamente, ese preámbulo tras el cual las ideas y las imágenes fijas se apoderan del espíritu independientemente de su voluntad, y que es en ese instante en el cual nuestra misión educativa debe ser aún más enfática porque es allí donde la capacidad de regodeo interpretativo tiene la opción de manifestarse en su diversidad real.

Me molesta ver tanta pintura y tanto dibujo en las escuelas de arte intentando un coqueteo forzoso con la inmediatez, me preocupa la reiteración hasta la saciedad de códigos o símbolos pictóricos que rebasaron ya, en manos de algunos artistas legitimados, su momento de impacto en el discurso visual cubano, y hasta me abruma toda esa experiencia de interrelación que a veces veo expandirse sin normas ni medidas en los talleres de arte, como si con ellos pareciera que deseáramos abolir del panorama de las artes plásticas cubanas, la estampa indeleble del creador hermético, misántropo, o como a veces le llaman “fuera de contexto”.

Por eso, y aunque parezca de cierto modo apologético, no puedo hacer otra cosa que agradecer de ante mano en este breve comentario el que una vieja amiga me haya invitado recientemente al Instituto Superior de Arte (ISA) a conocer la obra de Alexander Morales. Sólo me bastó penetrar un instante en la cúpula donde este trabaja, para comprobar con satisfacción como iba recobrando una experiencia que creía pretérita dentro de mi instancia como crítico de arte, aquella en la que, sintiéndome todavía un espectador incauto, profundamente conmovido y desprovisto por completo de algunos artificios de distanciamiento, lo escudriñaba todo; cuadros e instalaciones, sin que en ello tuviera que medir obligatoriamente las esclarecedoras palabras del autor.

Pero aun cuando Alexander Morales hubiera deseado romper con lo que parecía a todas luces un retraimiento habitual, poco hubiese podido decirme acerca de los motivos elementales de su obra que yo no hubiese reconocido al instante, pues solo bastaba descubrir un par de símbolos; el cuerno y el ovario, una y mil veces replanteados, una y mil veces construidos y deconstruidos a través de los más sugerentes modos del dibujo y la pintura gestual, para obtener una prueba contundente de que el artista está inmerso en un período de provechosa obsesión representativa, y que es a esta experiencia exclusivamente a la que ha decidido supeditarse por intermedio de la creación, pasando por alto incluso cualquiera de las pautas que han de guiar en estos años el curso de la creación artística en el ISA.

Examinando detenidamente la progresión de sus obras, las cuales me remiten, en algunos casos a la sobrecogedora expresividad de los trazos de un Zarza, sobre todo los pertenecientes a su período taurino, se me ocurre pensar que una vez que las imágenes que ellas reproducen lograron rebasar la etapa inicial de la recurrencia incontrolada, del desbordamiento frenético, en la que parecían escapadas mas bien de un mundo adverso de pesadillas y monstruosidades, ellas han ido reconformándose poco a poco, sintetizándose hasta arribar a la dimensión del símbolo, de la alegoría, a través de lo cual el artista parece que ensaya entonces una especie de revisión lógica sobre el sentido de contrariedad o complementación que hay para él en determinados significados de su propia obsesión, y en estos momentos ya, como si la continuidad del cambio fuera expresándose todavía más aceleradamente, nociones tales como génesis, alumbramiento, perfección, trascendencia o muerte desbordan los límites rígidos de su corporización para comenzar a entrar en un vínculo dialógico con otros conceptos y otros signos derivados directamente de esa circunstancia social donde el artista comienza a involucrarse como creador.

Por fortuna ese proceso de interconexión con la realidad inmediata, que ha empezado a reflejarse lentamente en la composición de sus obras, no se ha manifestado contra la fuerza expansiva de las preocupaciones existenciales que dieron origen a su trabajo, ni ha mitigado el ritmo acelerado y vital que posee hoy su producción, sino por el contrario, lo mantienen sumido ahora en una experiencia de indagación formal verdaderamente enriquecedora, que va desde la exploración de nuevos formatos, el examen de la capacidad denotativa del color, el esparcido de materiales inusuales como el cloro sobre la superficie del lienzo, hasta la utilización de los más insólitos objetos como soporte para su trabajo pictórico, lo cual ha dotado de nuevos sentidos polisémicos al valor protagónico de esos símbolos, y lo que es mucho mejor aun, ha empezado a trasladar al nivel de la conciencia colectiva el sentido esencial de los desvelos que encierran.

David Mateo, Crítico de Arte
La Habana, Cuba, 2000.